...En alguna parte escribí “Me regalaron un... sombrero”. Ahora bien, lo cierto del caso es que nunca me dieron un sombrero, yo siempre he tenido mi propio sombrero, el que me regaló mi padre, y nunca he tenido un sombrero que no sea ése. Es más, hasta podría decir que me lo llevaré a la tumba. Entonces pensaba en Ana, durante ratos muy muy largos, veinte minutos, veinticinco minutos y hasta media hora todos los días. He obtenido estas cifras al sumarles otras cifras menores. Ese debe haber sido mi modo de amar. ¿Podremos concluir entonces que la amaba con ese amor intelectual que hizo que se me cayera la baba? La verdad no creo. Pues si mi amor hubiera sido de este tipo, ¿me habría detenido acaso a escribir el nombre de Ana en la mierda de vaca, a cincelarlo en la pátina del tiempo? ¿Urtica plenis manibus? ¿Y habría sentido sus muslos balanceándose como péndulos demoníacos bajo mi cabeza atolondrada? ¡Vamos, vamos! Para ponerle fin, para intentar ponerle fin a este “compromiso”, una tarde regresé a la banca a la hora en que ella solía ir allí a encontrarse conmigo...
tEXTO cOMPLETo:
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